Cava y cava y cava, y cuando te quieres dar cuenta, ya estás sepultado en tu propia tumba. Espera a que dejes de arañar histéricamente tu ataúd, se carcajea maliciosamente mientras la asfixia te para el corazón, y al día siguiente, espera a que tu madre se presente al funeral para verle la cara desencajada de dolor. Sólo así completa el círculo. Para este álbum, no mereces otra cosa. Con toda la sangre fría del mundo, un ritual perfectamente premeditado, sin grandes artificios. Es lo que lleva esperando desde el día en que naciste.
Con miembros de Portal y Temple Nightside, Grave Upheaval no podían sonar de otra manera. Estamos ante una secreción abisal que no ha conocido esperanza, piedad ni luz, música espectral tejida por una araña titánica, de proporciones bíblicas. La antítesis de lo mundano. Atmosféricos, innombrables, con dos demos, tres splits y dos álbumes, ambos sin nada humano a lo que asirse. Estos australianos son sencillos y exigentes al mismo tiempo. En todo caso, una tétrica marea que todo lo tiñe de negro.
Su ceremonial mide bien sus pasos, se nutre de la lentitud aunque escoge con astucia cuándo administrar la velocidad. Lo que escupe en todo momento es una colección de voces que desearías no haber escuchado nunca, de ésas que se aparecen en tus sueños menos deseados. Y esa percusión, y esos riffs que son montañas, que se reproducen como una muralla tomada por la niebla que se pierde hasta el infinito. Y de nuevo esas voces, ese pavor, ya sea en forma de siseos, abominables berridos o cantos de una religión ungida en otras dimensiones. Ni Lovecraft encontraría las palabras exactas para describirlo.
Existe un mal ahí fuera que te acecha en la noche. Sin duda algo de naturaleza paranormal y que jamás descansa.
PAU NAVARRA