Parece inevitable que a partir de cierta edad, como le ocurre a cualquier hijo de vecino, los dioses del rock cobren conciencia de que el ocaso se vislumbra en el horizonte y se planteen su propia mortalidad.
Les pasó a Dylan, a Cohen, a Bowie… y ahora también a Robert Smith. Naturalmente, en el caso del líder de The Cure, la muerte y el significado de nuestra existencia han sido siempre un terreno abonado para su inspiración, por lo que no debería sorprendernos que un disco centrado en esa temática se perciba como la culminación de toda una carrera. Algo de eso hay. Después de 16 años sin material nuevo, los rumores sobre que este podía ser el último álbum de la banda habían ido cobrando fuerza, pero Smith ha dejado claro que no, que habrá dos más entre ahora y 2029, momento en el que bajarán el telón coincidiendo con el 50 aniversario de su debut Three Imaginary Boys. Quizá por eso, en esta estrategia de ir replegando velas, Smith haya querido ofrecernos un disco lo más Cure posible.
Si ni una concesión a su lado más pop o liviano -solo la guitarrera »Drone:Nodrone’ tiene un estribillo más marcado-, Songs Of A Lost World apuesta totalmente por sus características atmósferas oscuras y neblinosas en las que la voz de Smith, asombrosamente intacta por el paso del tiempo, aparece como un eco de la conciencia, de nuestros sueños rotos, de nuestros reproches.
El inicio con ‘Alone’ y el final con ‘Endsong’ con estructuras muy parecidas, con largas introducciones instrumentales que te van envolviendo como un mantra, refuerzan esta intención de darle un aire conceptual con el narrador desintegrándose en el cosmos a medida que avanza el álbum hasta llegar al verso final «Left alone with nothing at the end of every song. Left alone with nothing, nothing. Nothing». Como contrapunto a tanta fatalidad, también hay momentos de romanticismo incondicional como ‘And Nothing Is Forever’, adornada con un arreglo orquestal de sintetizadores, o ‘A Fragile Thing’ con el robusto bajo de Simon Gallup marcando el tempo, pero incluso ahí, la melancolía lo impregna todo.
Resulta extraño, incluso perturbador, escuchar un disco así justo en un momento en el que asistimos en directo a un recuento de muertos. La casualidad macabra ha querido que estas canciones de un mundo perdido vayan por siempre asociadas a las imágenes de angustia, rabia y desesperación que nos aparecen allá donde miremos, pero como decía Frida Kahlo, «El dolor persiste, pero también persiste la belleza del arte».
JORDI MEYA