Comentaba Jordi Meya en el último podcast de RockZone que no llegaba a comprender del todo el éxito que están consiguiendo The War On Drugs. Y la verdad es que incluso a mí, que sí me considero fan, me costaría llegar a explicar cómo un grupo de sus características ha llegado al punto de llenar pabellones por todo el mundo.
Su líder Adam Granduciel no posee lo que a priori se suele entender como la imagen de un tipo atractivo, ni al igual que el resto de miembros de la formación parece desprender un carisma arrebatador. Tampoco han protagonizado polémicas de ningún tipo, ni sus canciones se han viralizado tras aparecer en el enésimo taquillazo de Netflix. Vamos, que de primeras dan la sensación de ser un tanto sosos y nada cool.
De modo que la única manera que tienen de enganchar al público es simplemente través de su música. Y es ahí es donde los de Philadelphia esconden ese «algo especial» que conecta con tanta gente. Hasta con alguien como yo que suele ser un tanto alérgico a todo lo que desprenda un tufillo ochentero.
La propuesta de The War On Drugs siempre se ha prestado a ese sentimiento de melancolía constante. Moviéndose entre el shoegaze, el heartland rock y los sintetizadores vintage, consiguieron dar en el clavo con dos clásicos instantáneos de la pasada década como fueron Lost In The Dream y A Deeper Undestanding. En los cuatro años que separan este último de su quinto disco de estudio, Granduciel ha tenido tiempo para ganar un Grammy, ver nacer a su primer hijo, mudarse de ciudad y superar (como todo hijo de vecino) una pandemia mundial. Cambios vitales en busca de un nuevo hogar pero con la añoraza de un pasado que ya no es permanente. Bajo ese concepto gira I Don’t Live Here Anymore.
El sonido reconfortante y de producción a ratos exageradamente 80’s casa a la perfección con la idea de nostalgia que se presenta aquí. ‘Living Proof’ se toma la licencia de abrir el baile de forma pausada acudiendo a las raíces folk del grupo. Aquellas en las que Bob Dylan es un pilar imprescindible y que junto a Bruce Springsteen y Bryan Adams conforman una santa trinidad básica para entender de dónde viene y hacía dónde se dirige la banda.
Porque a la que entra ‘Harmonia’s Dream’ poco a poco se va levantando ese wall of sound en el que guitarras, sintes y pianos se funden a altas temperaturas. Por esta vez, los cortes de largo kilometraje como ‘Under The Pressure’ o ‘Thinking Of A Place’ han dado paso una versión más concreta y depurada de lo mostrado en anteriores entregas. Hace 35 años los DJs de las emisoras de medio planeta hubieran enloquecido por contar con un tridente tan condenadamente radiable como el que forman ‘I Don’t Wanna Wait’, ‘Victim’ y ‘I Don’t Live Here Anymore’.
No obstante, ‘Old Skin’ y ‘Occasional Rain’ apuestan por un tratamiento más clásico (recuperando ese sonido de harmónica tan deudor de los maestros) y menos procesado, sin tanto artificio de producción, equilibrando así la balanza y convirtiendo I Don’ Live Here Anymore en el álbum más directo y accesible de su catálogo.
Al final, Granduciel ha conseguido llegar a la cima apelando a algo tan sencillo que ya casi parece olvidado en este negocio: escribir canciones que consigan emocionarte como si descubrieses la música por primera vez. Porque puede que no hayan inventado la pólvora, pero pocos la saben hacer explotar mejor a día de hoy.
GONZALO PUEBLA